La obsesión distópica de Craig Russell

Fragmento de la portada de El tercer testamento

Fragmento de la portada de El tercer testamento


Craig Russell (Fife, Escocia, 1956) es el padre del detective Lennox, uno de esos personajes que llevo en mi corazón y al que ya he homenajeado aquí. Un hombre perdido en la ultracontaminada y decadente Glasgow de la década de los 50; un hombre herido, duro, que busca la redención. Nada nuevo, ya, pero llevado a su mejor expresión.
Mientras esperamos que se publique la cuarta novela en España, Dead Men and Broken Hearts, nos encontramos con dos nuevas novelas de Russell, Miedo a las aguas oscuras (sexta entrega de las aventuras de Jan Fabel) y El tercer Testamento (escrita bajo el pseudónimo de Christopher Galt). Dos aproximaciones inquietantes a un futuro que quizás ya tenemos delante de nuestros ojos, dos turbias reflexiones, dos obras que muestran la nueva preocupación (¿obsesión?) de su autor: los límites de la tecnología y los mundos de pesadilla en los que podemos instalarnos.
Antes de ir mañana para allá, con este post seguimos con las reseñas de libros de autores que van a estar en la Semana Negra y que ya iniciamos con la obra de Rosa Ribas y Sabine Hoffman.
Dejamos también la indispensable guía para que no se pierdan nada de la fiesta en Gijón.
El gran policía y excelente profesional Jan Fabel tiene un problema. En Miedo a las aguas oscuras (Roca) ha de dar caza al Asesino de la Red, un tipo implacable que se aprovecha de las redes sociales para llegar a sus víctimas, matar y multiplicar su efecto. El drama es que Fabel odia la tecnología. La irrupción del Proyecto Pharos, una secta ambientalista que cree en el fin de la humanidad sobre la Tierra para recluirnos en una realidad virtual y dejar que el planeta respire complica más las cosas y deja a este buen hombre en una encrucijada existencial que le lleva a cuestionarse todo.
Casi al tiempo que se publicaba la sexta entrega de las aventuras de este policía de Hamburgo hemos sabido que El tercer testamento, firmada por un tal Christopher Galt, es obra de Russell (Roca, traducción de Julia Osuna). Uno se queda de piedra al saber que el padre de Lennox se ha metido en esta pesadilla futurista, en esta reflexión sobre los límites de la percepción y de la tecnología. Para el fan irredento de las distopías que fui hace tiempo, la novela es un descubrimiento. Peca, como casi todas las del subgénero, de irregularidades, momentos poco reales, pero el planteamiento y las preguntas que lanza llegan y hacen daño.
El argumento: John Macbeth es un científico que trabaja para crear el primer cerebro artificial total. Mientras desarrolla el experimento que cambiará a la Humanidad, personas de todo el mundo, él incluido, empiezan a tener visiones, déjà vu, viajes temporales y otras extrañas experiencias que nadie puede explicar. En un mundo dominado por la tecnología, sectas como Fe Ciega ganan adeptos mientras matan científicos, destruyen universidades y capitalizan el miedo de una sociedad perturbada. Los suicidios de científicos, millonarios y personalidades prominentes no mejoran la situación. Y en medio, un libro, Los fantasmas que nos creamos, que nadie ha visto, que nadie sabe si existe, y un autor, John Astor, que es un dios para unos, una gran mentira conspiranoica para otros.
Uno de los personajes define así la situación:

“Estamos al filo de la Singularidad, cuando la tecnología y la inteligencia artificial sobrepasarán el intelecto humano. Hay quienes dicen que será nuestro fin, otros que será el principio: la evolución humana dejará de ser un proceso natural y se convertirá en uno planificado. Planificado por nosotros. Estamos a punto de cambiar quién y qué somos como especie. Todas las tecnologías están acelerándose y casi es imposible predecir cómo serán nuestras vidas en cuestión de veinte o treinta años. Y justo cuando está pasando todo esto, de pronto vivimos una oleada de oscurantismo y fundamentalismo religiosos y los colgados anticiencia intentan salvarnos de la Singularidad. A lo mejor se trata de un instinto que tenemos como especie”.
No sé si la obsesión de Russell irá más allá, aunque no veo al viejo Lennox en un futuro distópico. Por ahora, aquí tenemos dos novelas distintas, con riesgos y objetivos no siempre alcanzados pero que lanzan preguntas. Y cuidado con los interrogantes. Ya decía John Astor: “Sea en nombre de Dios o de la ciencia por lo que uno se consagra a la búsqueda de la Verdad, el peligro siempre ha estado en hallarla”. Lean y disfruten.
http://blogs.elpais.com/elemental/2014/07/la-obsesi%C3%B3n-dist%C3%B3pica-de-craig-russell.html

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