El autor de novela negra “Benjamin Black”, Príncipe de Asturias de las Letras 2014

John Banville, Premio Príncipe de Asturias de las Letras. / JULIÁN ROJAS

John Banville, Premio Príncipe de Asturias de las Letras. / JULIÁN ROJAS


“Todo el mundo sabía y sabe que en Irlanda se comete pederastia”
.John Banville repasa en Oviedo ante alumnos de Humanidades su dualidad creativa.
Sentado junto a la estatua de Úrculo en Oviedo, en esa cabeza de libros apilados coronada por un sombrero Borsalino, como el que lleva el premio Príncipe de Asturias de las letras de este año, uno no llega a saber bien si la obra firmada por el artista asturiano se trataba de un profético homenaje a John Banville o a Benjamin Black.

Quizás, la prenda acompañe más al autor de género negro, urdidor de una intensa e inteligente trama continua de elegante suspense que al narrador poético de El mar. Si quien lleva su verdadero nombre, Banville, es un autor apresado por los enigmas líricos, el del pseudónimo Black despliega una inteligencia de pistas que dan la vuelta al género con suspense.
En esa placentera esquizofrenia devota de Robert L. Stevenson se mueve el irlandés. En esa relajada dualidad, juguetona y cómplice, esquiva y sana con los géneros. Porque Banville (Wexford, 1945) posee tanto talento que puede ser a la vez dos cosas tan radicalmente opuestas como escritor de culto y autor de éxito para públicos más amplios.

Y esto último sin que su inquebrantable compromiso con la literatura le lleve al terreno del best-seller. Aunque para él es más sencillo de explicar: “Para mí existen dos maneras de escribir, la del artista y la del artesano. Banville es el primero, Black, el segundo”, confiesa por la tarde, degustando un vino blanco, en el hotel Reconquista.

Por la mañana, afable, encantado, accesible, Banville conquistó a un auditorio masivamente joven de estudiantes en la universidad de Oviedo. Muchos de ellos con ejemplares de sus libros. “Black funciona basándose en el cliché, Banville está en su mundo imaginario. El otro en el mundo real. Yo necesito la fantasía, la realidad me mata”.

Sobre todo abordando asuntos como la pederastia y los abusos. “Quizás no hayamos dado con la palabra exacta, la que dé significado preciso a esa atrocidad, quizás sea una cuestión de lenguaje”, comentaba en privado.
“Todo el mundo sabía en Irlanda y sabe, que se cometen abusos”, declaró ante los estudiantes. “Sabíamos y no sabíamos a la vez”, comentó. Como en todos esos países en los que durante décadas ese drama se ha tratado con silencios y sobreentendidos, caso de España.

Son esos asuntos en los que ambos escritores coinciden a veces. Temáticas recurrentes de uno de los autores más sutiles, misteriosos y sugerentes de la literatura mundial. Cuestión de puntos de vista también, como abordaba el autor bajo un lema que presidía la sala por la mañana y rezaba: “El extraño caso del Dr Banville y Mr Black”.

En él conviven y se cruzan de la manera más natural, los dos creadores: “No hago más que reflejar esa multiplicidad de puntos de vista que hace el mundo tan maravilloso. Inventamos y nos reinventamos constantemente, somos individuos que arrojamos con diferente intensidad luz en el mundo”.

Quizás él lo haga un tanto apartado: “Soy un individuo bastante desconectado de lo que ocurre y encerrado en una habitación desde la que hago uso de mi imaginación, más que otras cosas”, afirma. “Nadando en la ambigüedad, también, es lo que hace que la vida sea interesante, de otra forma, la realidad acabaría con nosotros, a mi me interesa tratar de aproximarme a los secretos, a las penumbras”. Y a fe que lo ha hecho, como ahora, con trabajo y una novela firmada por Banville en la que lleva metido tres años: “Tuve que reescribirla, me equivoqué en el tono, en la forma, es como cuando escuchas la radio y no atinas a encontrar la frecuencia nítida”.
Pasará al catálogo de una imaginación y una dedicación fecunda de la que han salido obras frecuentemente sublimes como la citada El mar, pero también ese regalo de los dioses mirándonos con terror que es Los infinitos o la arrebatadora Antigua luz –por parte de Banville- así como El otro nombre de Laura, En busca de abril o Muerte en verano, firmados por Benjamin Black.
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/23/actualidad/1414068450_611701.html

Diarios fotográficos. Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

'Beverly Boulevard y La Brea Avenue, Los Ángeles, California, 21 de junio de 1975', de Stephen Shore.

‘Beverly Boulevard y La Brea Avenue, Los Ángeles, California, 21 de junio de 1975’, de Stephen Shore.


En un libro de entrevistas que acaba de publicar la editorial Gustavo Gili, Henri Cartier-Bresson compara varias veces la actitud del fotógrafo con la del que escribe un diario. Sale por ahí a ver qué se encuentra, permanece atento para no perderse lo que sucederá en una fracción de segundo, lo que desaparecerá sin rastro si la cámara no lo ha captado. Decía que sus fotos eran su diario y sus memorias. Cartier-Bresson, que era muy aficionado al budismo zen, aspiraba a mirarlo todo con sus propios ojos muy atentos, pero esa mirada era tan absorta y tan generosa que hacía invisible la presencia a la que pertenecía, resaltando así la primacía de lo observado, la soberanía de cada vida y del mundo real. En una de las entrevistas, Cartier-Bresson dice que el trabajo del fotógrafo está entre el del carterista y el del funámbulo: como el carterista, se aproxima y sustrae lo que le interesa sin forzar nada ni alertar a su víctima; como el funámbulo, hace gestos súbitos suspendido en el aire, circula sin peso sobre un cable invisible, la cámara su herramienta tan ligera como la barra gracias a la cual el funambulista mantiene el equilibrio. En las filmaciones de Cartier-Bresson tomando fotos por la calle, en París o en Nueva York, es eso lo que parece: un carterista disimulado entre la gente, bien vestido y suave de modales, aunque con un aire sospechoso de búsqueda y alerta; un artista de circo enjuto y liviano, un maniquí de alambre con un traje ligero, funámbulo y también bailarín, a la manera de Fred Astaire, deslizándose por una acera como por la tarima lacada de un decorado de comedia musical.
Leo las entrevistas con Cartier-Bresson en un banco del paseo de Recoletos, a mediodía, viendo pasar a la gente, recién salido de la exposición de fotos de Stephen Shore, en la nueva sede de la Fundación Mapfre. Stephen Shore cita entre sus maestros a Walker Evans más que a Cartier-Bresson, pero también ha dicho, y se seguiría notando mucho aunque no lo dijera, que las fotos de su serie American Surfaces fueron como las anotaciones de un diario, no uno de esos diarios de ególatras obsesionados y fascinados por ellos mismos y tan miopes hacia los demás seres humanos como hacia los lugares por los que transitan. En su diario visual, Stephen Shore se parece a Cartier-Bresson y a esos escritores que observan, sin ninguna necesidad de ensimismamiento ni de ficción, exactamente todo aquello que ven, toda conversación que escuchan, todo encuentro que tienen, tan fascinados por la realidad y por la condición humana que casi no hay nada que no encuentren memorable. Son observadores en movimiento, cámaras andantes, y el hilo de sus relatos es el de las asociaciones de ideas e imágenes y el de las derivas del azar. El diario, más que la novela, es el espejo a lo largo del camino, y quizá por eso uno llega a la conclusión, con el paso de los años, de que Stendhal le satisface más como diarista que como novelista, cuando cuenta lo que acaba de pasarle o lo que se le acaba de ocurrir, el cuadro que ha visto en una iglesia de Italia y la ópera a la que asistió anoche en el teatro La Fenice de Venecia, la conversación con una dama atractiva, inteligente e inaccesible a la que ha conocido en una fiesta mundana.
Ese arte holgazán de caminar y observar y contar empezó probablemente con Herodoto. Montaigne, Stendhal, nuestro Josep Pla, lo practicaron en un grado supremo. Siendo un arte ambulante, requería un equipaje sucinto: un cuaderno, un lápiz, calzado cómodo. Desde que se inventaron las cámaras ligeras, en los años veinte del siglo pasado, la fotografía instantánea llevó más lejos todavía la ambición y el deleite de la escritura instantánea. Ni el boceto del dibujante más certero y veloz ni el apunte urgente de un diarista en su cuaderno podían competir con la inmediatez del disparo de un fotógrafo, con el relámpago sigiloso de una Leica o de una Rolleiflex. El acto de mirar equivalía a la plena expresión estética. En el gesto del encuadre, en el sentido de la oportunidad de captar algo fugaz y al mismo tiempo establecer una composición, emergía la obra entera. Con la ventaja, respecto a la escritura, de que la imagen fotográfica ofrece una precisión visual inaccesible para las palabras. La fotografía trajo al arte la plenitud de lo concreto; volvió definitivamente memorable lo común.
Ese es el hallazgo de Eugène Atget, de Walker Evans, de Cartier-Bresson. Pero quizá nadie ha ido más lejos por ese camino que Stephen Shore. En los primeros años setenta, Stephen Shore viajaba a través de toda la anchura continental de Estados Unidos buscando con su cámara no lo excepcional, ni lo único, sino precisamente lo contrario, lo del todo idéntico, lo que se repite con tan aplastante monotonía visual en los paisajes de la vida americana, los lugares en serie del capitalismo y el consumo: los moteles, las gasolineras, los restaurantes de comida rápida, los centros comerciales, los aparcamientos. Hay fotógrafos que quieren dejar bien claro que son fotógrafos artistas, igual que hay escritores que espesan y retuercen la prosa para que se sepa que lo suyo es alta literatura: Stephen Shore fingía el descuido de lo impremeditado, la espontaneidad del aficionado no muy hábil que parece disparar la cámara sobre cualquier cosa y no distingue lo relevante de lo trivial. Para eludir mejor el peligro de la grandilocuencia, eligió hacer sus fotos en color, en una época en la que todo el mundo daba por supuesto que la nobleza estética de la fotografía era inseparable del blanco y negro. En las grandes revistas ilustradas, sólo las fotos de los anuncios aparecían en color, las fotos venales de la publicidad, tan chillonas en sus coloridos postizos como las postales turísticas, tan vulgares como ellas. Hacer fotos en color en los primeros años setenta era situarse al margen de lo aceptado como arte. William Eggleston, unos años mayor que Shore, empezó a hacer lo mismo por aquellos años. Cuando le preguntaban por qué hacía fotos en color, Eggleston respondía: “Porque veo las cosas en color”.

La conquista de la naturalidad es uno de los impulsos más poderosos en el arte, y también uno de los más incesantes. La naturalidad, apenas lograda, tiene tendencia a volverse amaneramiento, y hace falta una nueva ruptura, una manera otra vez fresca de mirar. Stephen Shore, con apenas 30 años, viajando casi como un fugitivo indigente por los moteles más baratos de Estados Unidos, inventó una forma instantánea de mirar, pero no quiso instalarse en esa maestría recién lograda. En esta exposición magnífica de Madrid está el testimonio de todos sus viajes posteriores, sus diarios visuales de las calles de Nueva York, los desiertos de Texas, las soledades y las ruinas de Ucrania, las zanjas de las excavaciones arqueológicas en Israel. Es admirable que el paso de los años no haya amortiguado su curiosidad, no le haya inducido a instalarse en la seguridad del oficio. Una foto de Stephen Shore de 2013 tiene la misma urgencia que una de 1973, la misma originalidad en la mirada.

Ver es un todo. Entrevistas y conversaciones 1951-1998. Henri Cartier-Bresson. Traducción de Carles Roche Suárez. Gustavo Gili. Barcelona, 2014. 127 páginas. 14,90 euros.

Stephen Shore. Fundación Mapfre. Sala Bárbara de Braganza. Bárbara de Braganza, 13. Madrid. Hasta el 23 de noviembre.

http://www.antoniomuñozmolina.es

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/01/babelia/1412162716_566526.html

Un festín literario Por Guillermo Altares

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Coinciden en las librerías diferentes obras en las que la cocina tiene un papel central. La novela negra se ha convertido en el mejor refugio literario de la gastronomía.
En dos de los momentos cumbre de la literatura universal, la comida tiene un papel central: el principio de El Quijote —”Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían tres partes de su hacienda”— y la Magdalena de Proust: la cadena de recuerdos que surgen al principio de En busca del tiempo perdido se desata cuando el narrador prueba el sabor del bollo mezclado con el té. “Todas las literaturas hablan de comida. No conozco ninguna que evite el tema”, explica el sabio de los libros Alberto Manguel, autor Una historia de la lectura. Desde el Satiricón de Petronio hasta El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald; desde Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, hasta el Cuento de Navidad de Dickens, desde la picaresca hasta Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, comida y literatura siempre han ido unidas. No es de extrañar. Como escribe el periodista y escritor argentino Martín Caparrós en Comí (Anagrama): “Supongamos que se puede suponer que desde que cumplí dos años comí con cierta regularidad dos comidas principales al día: en tal caso llevaríamos comidas, en estos cincuenta y siete años, cuatro meses, seis días, unas 41.910 principales”. Tras diferentes cálculos, Caparrós concluye que “el total se elevaría a 59.456 comidas comidas” a lo largo de su existencia.

La cocina se ha convertido en una parte imprescindible de las novelas del siciliano Andrea Camilleri o de la estadounidense Donna Leon
Más allá de cualquier moda relacionada con la alta cocina, la comida es importante en los libros porque lo es en la vida. El ensayista John Dickie demuestra en ¡Delizia!, que acaba de publicar Debate, que se puede contar la historia de Italia a través de la cocina, y Guillaume Long prueba con A comer y a beber. Con las manos en la masa (Salamandra Gráfica) que se puede dibujar un libro de recetas en forma de cómic, mientras que Predrag Matvejevic relata en Nuestro pan de cada día (Acantilado) el poder simbólico y cultural de ese elemento esencial de la cocina. En las mesas de novedades se han multiplicado en los últimos meses los libros en los que la comida tiene un papel importante: La cocinera de Himmler (Alfaguara), una gran novela histórica con una cocinera como protagonista del francés Franz-Olivier Giesbert; Una cocina a prueba de ratones (Salamandra), un relato de Saira Shah en la estela de Un año en Provenza o Bajo el sol de Toscana; El último banquete (Alevosía), en el que el maltés Jonathan Grimwood construye un relato de aventuras y sabores en la Era de las Luces; o Comí, de Martín Caparrós, una narración provocadora e inteligente sobre el papel de la comida en la sociedad.

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“La comida es importante en mi vida y en mi trabajo, como en la vida de cualquier ser humano”, explica la escritora siciliana Simonetta Agnello Hornby, que acaba de publicar El veneno de las adelfas (Tusquets). Residente en Londres y prestigiosa jurista, Agnello Hornby ha desarrollado una doble carrera literaria, como narradora de historias ambientadas en su Sicilia natal como la magistral La mennulara, pero también como autora de libros sobre cocina como La cucina del buon gusto, Un filo d’olio o Il pranzo di Mose, que sale en noviembre. “Es una parte de nuestra cultura porque, a diferencia de otras criaturas, cocinamos los alimentos, nos da placer y es el último de los placeres humanos del que disfrutamos hasta la muerte. Al escribir sobre la gente no podemos excluir lo que comen y como lo comen”, explica.

Caparrós, que acaba de publicar en América Latina El hambre (en España saldrá en febrero), un largo reportaje sobre la falta de alimentos en el mundo, cree, en cambio, que “no es fácil hacer literatura con esa actividad tan aparentemente rutinaria como es comer”. “Las presencias fuertes de la comida en la literatura clásica tienen que ver con lo extraordinario, la fiesta, la desmesura. Lo primero que uno piensa es en Rabelais, el desenfreno por excelencia. En castellano, en cambio, la característica más notoria de la comida es que no hay: el Buscón y su hambre memorable, que sirve de modelo a tantos después. Y en estos días la comida no aparece mucho más, creo. Hasta que alguien se decida a escribir una gran farsa sobre la comida como ‘arte fácil’ en nuestras sociedades y se divierta como un perro”, afirma.

Pese a que es casi una tradición del género que los policías, como el comisario sueco Kurt Wallander, se alimenten de una forma que pondría los pelos de punta al endocrino más curado de espantos, el gran refugio literario de la cocina en la actualidad está en la novela negra. Siguiendo la senda abierta por Manuel Vázquez Montalbán y su detective gourmet Pepe Carvalho, la cocina se ha convertido en una parte imprescindible de las novelas del siciliano Andrea Camilleri —su comisario se llama Montalbán en homenaje al escritor catalán— o de la estadounidense residente en Venecia, Donna Leon. “Al comisario Montalbano le encanta comer. Las descripciones de los platos de pescado y de las pastas son deliciosas y son capaces de reflejar todos los sabores de la cultura culinaria de la costa sur de Sicilia”, asegura Simonetta Agnello Hornby.

“Sherlock Holmes tocaba el violín. Yo cocino”, decía el detective de Vázquez Montalbán, cuya sabiduría gastronómica fue reunida en Carvalho Gourmet (Planeta). Donna Leon también ha publicado su propio libro de recetas, El sabor de Venecia (Seix Barral), escrito a medias con Roberta Pianaro. Sin embargo, Montalbano no tiene todavía su recetario pese a que a sus lectores nos encantaría tener a mano los secretos de la Trattoria de Enzo, en la que el comisario se da unos atracones monumentales, o ser capaces de reconstruir los platos que Adelina le deja en la nevera o el horno siempre que Livia no se encuentre en Marinella. Los arancini (una especie de croqueta de arroz rellena, típica de Sicilia que puede ser un mazacote infame o un manjar inolvidable), la caponata (un pisto de berenjena con piñones, vinagre y sin pimiento), los espaguetis negros o con almejas, los salmonetes fritos, la pasta al horno o a la Norma, las sardinas rellenas, la merluza con salsa de anchoas y vinagre, el estofado de ternera a la siciliana huelen y saben en las novelas de comisario Montalbano —toda la serie está editada por Salamandra, la última entrega publicada en castellano es Juego de espejos—. Eso sí, hay que comer todos estos en manjares en riguroso silencio.

La autora de libros de cocina Inés Ortega, que está trabajando en un ensayo sobre la relación entre la literatura y la comida y que publicará en octubre en Siruela Bienvenidos a la cocina. 114 recetas para jóvenes y no tan jóvenes, recuerda a otro detective clásico en el que la gastronomía juega un papel muy importante: el comisario Maigret, de Georges Simenon, cuyos libros está reeditando Acantilado. “He aprendido muchas recetas leyendo literatura que han enriquecido mi acervo gastronómico, de la esposa del comisario Maigret he practicado varias”, explica Inés Ortega, que acaba de reeditar en forma de aplicación para tabletas y teléfonos móviles uno de los grandes clásicos de la cocina española, 1.080 recetas, de su madre, Simone Ortega. “Me acuerdo de unas caballas al horno, gallina hecha en una cazuela, brandada de bacalao o el famosísimo pollo al horno. Fueron recogidas por el periodista gastronómico francés Robert J. Courtine en el libro Las recetas de Madame Maigret (Ediciones B)”, explica.

Caparrós, que acaba de publicar El hambre, un largo reportaje sobre la falta de alimentos en el mundo
No es exactamente literatura policiaca, aunque se acerca mucho: los periodistas Jacques Kermoal y Martine Bartolomei escribieron un libro estupendo sobre un tema que el cine ha explotado hasta la saciedad, la relación entre la criminalidad organizada y la comida. La mafia se sienta a la mesa (Tusquets) parte de un planteamiento muy original: cuenta una comida muy importante en la historia de la mafia y luego ofrece la receta de lo que se puso sobre la mesa. En sus páginas se pueden encontrar platos tan contundentes como la pasta con garbanzos o el bolito, el cocido italiano; postres como el helado de sandía o la tarta al café, o clásicos de la pasta como a la tinta de sepia o con sardinas, que resumen la historia de Sicilia.

Resulta casi imposible escoger para cerrar un momento que una la literatura con la comida. Alberto Manguel recuerda “el té del Sombrero Loco, donde la manteca sirve para reparar relojes y se ofrece un vino inexistente” en Alicia en el País de las Maravillas; el italiano Ugo Cornia, autor de Sobre la felicidad a ultranza (Periférica), que reside en Módena, en el norte de Italia, uno de los lugares del mundo que más en serio se toman la comida, se queda con la historia del cocinero Chichibio, en el Decamerón de Boccaccio —¿tienen las garzas una o dos patas?—. Giuseppe Tomasi di Lampedusa ofrece en El Gatopardo (Alianza, en traducción de Fernando Gutiérrez), con el timbal de macarrones, una buena forma para despedir estas líneas: “El oro bruñido de la costra tostada, la fragancia de azúcar y canela que trascendía, no eran más que el preludio de la sensación de deleite que se liberaba del interior cuando el cuchillo rompía la tostadita capa: surgía primero un vapor cargado de aromas y asomaban luego los menudillos de pollo, los huevecillos duros, las hilachas de jamón, de pollo y el picadillo de trufa en la masa untuosa, muy caliente, de los macarrones cortados, cuya extracto de carne daba un precioso color gamuza”.
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/25/babelia/1406300622_218882.html

Comerse la literatura. FOTOGRAFIA

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La fotógrafa Dinah Fried reconstruye y retrata grandes comidas de la literatura.
“Todo empezó con Heidi, aquellas tostadas con queso se clavaron en mi mente durante mi niñez, como una especie de icono que algún día tenía que rendirle homenaje de una forma u otra. Recuerdo leer cuando el abuelo fundía el queso de cabra, algo que veías desde los ojos de Heidi… era algo maravilloso”.

Dinah Fried, fotógrafa metida a cocinera ocasional explica así su último y alabado proyecto, Fictitious dishes, un homenaje culinario a algunos de los platos más conocidos de la literatura universal. “La idea era reproducir algunos de los manjares de determinadas obras: de Matar a un ruiseñor a Moby Dick, de La metamorfosis a El gran Gatsby. Tratar de plasmar la visión que tenía de esos platos después de leer cada libro”.

Fried no se ha conformado con tomar las fotos sino que cocinó y puso en escena cada plato (medio centenar) para acabar conformando un volumen que busca ofrecer al lector otra manera de recordar sus clásicos favoritos. Las fotografías, cenitales, forma una suerte de puzle visual que resulta delicado y sugerente a un tiempo: “A la hora de ejecutar esos platos, y más allá de poder recurrir a una fuente o a otra para averiguar los ingredientes exactos, fue interesante para mí poder volver a la obra original y repasar las palabras exactas que el autor usó para describir esas comidas. Creo que una buen plato de ficción depende completamente del lenguaje que uses y de las palabras que escojas incluir, porque esas son las que van a sugerir al lector la imagen de lo que cuentas. He tratado de respetar eso a la hora de preparar esos platos y he intentado que cuando alguien vea el libro y mire las fotos recuerde —de algún modo— el libro donde se encuentran esas descripciones”, cuenta la fotógrafa.

Pero la receta o la ejecución artística de los platos no fueron los principales problemas de Fictitious dishes: “Había cierto cuidado en la escenografía que yo quería transmitir, ya no sólo en la colocación de estos o en su distribución en la mesa, sino en el diseño y el respeto a la época. Por eso me pasé muchas horas navegando por Ebay o paseando por mercadillos, buscando esa vajilla art-decó o ese plato antiguo, o esa forma geométrica que encajara exactamente con lo que buscaba”. A pesar de ello, la fotógrafa también reconoce que el reto fue al final menos costoso de lo esperado, más allá de aunar todos los elementos hasta llegar al resultado buscado: “La verdad es que yo creía que cocinar todos esos platos sería mucho más complicado. Sin embargo, una vez me puse a ello fue bastante más sencillo de lo que yo misma pronostiqué… claro, que también decir que cocino mucho para mí y que vengo de una familia donde cocinar ha sido siempre una tradición, no tuve que empezar de cero”.

La estadounidense tiene claro que disparar esas fotografías desde una posición cenital no ha sido una elección al azar ni un hallazgo afortunado: “Desde luego que no. Existe una intención por mi parte de ponerme en los ojos de los que van a comer esos platos, de ser algún modo el protagonista de esas obras. Tomando esas fotografías desde arriba era el mejor modo de convertirme en el sujeto que está a punto de comer. Al mismo tiempo traslado al lector —o eso espero— la misma perspectiva de la que yo dispongo: fue una decisión plenamente consciente”, responde.

El libro, publicado por la editorial Harper Design en Estados Unidos hace tan solo unas semanas, ha levantado la atención de gastrónomos y aficionados a la literatura por igual, dos disciplinas que parecen unidas por un hilo invisible. “Creo de algún modo leer y comer son experiencias sensoriales: leer sobre un buen plato es en cierta manera como degustarlo. Ambas cosas tienen un componente emocional indiscutible y —sobre todo— el poder de transportarte a un cierto lugar, un lugar mágico”.

Fictitious dishes se ha convertido ya en uno de los libros de fotografía más vendidos al otro lado del Atlántico, quizás porque existe —aun en tiempos de crisis— un buen número de espectadores hambrientos. “¿Mis platos favoritos? Pues los de Heidi, Mujercitas y En la carretera. Para éste último hice una tarta con helado. Nunca había hecho una tarta y el helado se derretía muy rápido, pero la foto quedó bien y ¡ambas cosas están deliciosas!”.
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/25/babelia/1406302567_871534.html
FOTOGALERIA: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/08/04/album/1407172185_583899.html#1407172185_583899_1407172479

BENJAMIN BLACK: LA RUBIA DE OJOS NEGROS

En La rubia de ojos negros (The black-eyed blonde. A Philip Marlowe Novel, 2013) Banville/Black afronta el temerario reto de recuperar como protagonista a Philip Marlowe, la genial creación de Raymond Chandler. Un intento en el que habían fracasado antes otros autores.
En la novela, Philip Marlowe, que comienza a sentirse demasiado viejo para su oficio, no tiene ningún caso en el que trabajar. Espera en su oficina la llegada de algún cliente cuando llama a su puerta Clare Cavendish: una joven rubia, alta, delgada y elegante que le pide que localice a Nico Peterson, su amante desaparecido. Un trabajo en apariencia fácil. La policía informa a Marlowe que Peterson había muerto atropellado. A pesar de todo, al detective le resulta sospechoso el asunto, pero ¿cómo decir que no a una rubia de ojos negros que, además, es su tipo?
Marlowe no tarda en saber que Peterson sigue vivo y que en realidad está buscando a un tipo que debería estar muerto. Un guiño literario que remite a El largo adiós (Raymond Chandler, 1953) y que se hace explícito cuando la sombra de su protagonista, Terry Lennox, comienza a proyectarse sobre la acción con paulatina intensidad. Marlowe acude a Victor’s a aclarar sus ideas y brindar por su vieja amistad con Lennox. De paso nos recuerda que el auténtico gimlet se prepara con ginebra y zumo de lima Rose’s en idéntica cantidad sobre hielo picado.
Resulta lógico iniciar la lectura de La rubia de ojos negros con las lógicas cautelas. Benjamin Black aborda ni más ni menos la tarea de cerrar El largo adiós, novela que se puede considerar la Biblia del género policial, y lo cierto es que triunfa en un propósito que podría haber comprometido su brillante trayectoria literaria.
Salvo alguna incontinencia retórica, muy pocas objeciones se pueden poner a una obra solvente, fiel al espíritu de Chandler y a la figura de Philip Marlowe, uno de los grandes mitos de la literatura negra.
Imprescindible.

Benjamin Black: La rubia de ojos negros. Una novela de Philip Marlowe, Alfaguara, 2014.
http://elementalkeridoblog.blogspot.com.es/rubia-ojos-negros

Doble reconocimiento a John Banville o”Benjamin Black “

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Los dioses están hoy más envidiosos que nunca. Porque la alegría de un mortal como John Banville que escribe de las cosas que ellos añoran tanto como el amor y sus sombras, la belleza de lo cotidiano e intrascendente y de la vida y de la muerte con inquietantes universos privados y emocionales ha sido reconocida por otros mortales. Una vez más. ¿Dónde estará Hermes? ¿Cómo le habrá dado la noticia a esos dioses creados por Banville en Los infinitos de que él acaba de recibir otro galardón?

Él es un demiurgo en el que hay tres escritores en uno. Tres mundos con claroscuros: dos salidos de su cabeza y otro ajeno ensanchado por él. Eso es John Banville (Wexford, Irlanda, 1945). Y eso ha distinguido el 34º Premio Príncipe Asturias de las Letras 2014. Porque el novelista irlandés es el creador de obras como Eclipse, El mar y El intocable (Anagrama) o Antigua luz (Alfaguara); también de zonas más oscuras con su álter ego Benjamin Black en la novela policíaca; y no contento con eso, y bajo el nombre de Black, se atrevió a revivir a Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler…………
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/06/04/actualidad/1401907150_230788.html
http://www.elcomercio.es/culturas/201406/05/imaginacion-nuestra-herramienta-poderosa-20140604201739.html
http://www.lne.es/suscriptor/cultura/2014/06/05/black-artesano-satisfecho-le-reconozca/1595837.html

QUINO, CREADOR DE MAFALDA GANA EL PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS

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El argentino Joaquín Salvador Lavado obtuvo el máximo premio otorgado por España en el rubro Comunicación y Humanidades. Compitió contra los fundadores de Skype, el filósofo español Emilio Lledó; la agencia Magnum de fotografía; la periodista congoleña Caddy Adzuba y la inglesa Cristiane Amanpour. El galardón le llega el mismo año en que se celebra el 50º aniversario de la creación de su personaje más global, traducido a más de treinta idiomas y llevado al cine y la televisión.
“A veces me sorprende cómo algunas de esas tiras dibujadas hace más de cuarenta años todavía pueden aplicarse a cuestiones de hoy”, expresó Quino, a sus 81 años, en una entrevista reciente. “Muchas de las cosas que ella cuestionaba siguen sin resolverse” en la Argentina y en el mundo, contó.

Quino nació el 17 de julio de 1932 en la provincia argentina de Mendoza, de padres andaluces, con el nombre de Joaquín Salvador Lavado Tejón. En 1963, Quino preparó una tira para promocionar la marca de electrodomésticos Mansfield, de la empresa Siam Di Tella, aunque el proyecto no prosperó.

El nombre de Mafalda fue sacado de la película Dar la cara, en la que una beba lleva ese nombre que le resultó gracioso al dibujante. Tras la caída del proyecto, la revista Primera Plana comienza a editarlo en 1964, ya alejado de los propósitos publicitarios que en un principio tendría.

“Adapté la tira. A la nena le puse Mafalda. Y arranqué la historieta sin el menor plan. Ya que no tenía que elogiar las virtudes de ninguna aspiradora, la hice protestona, cascarrabias. Fue una revancha inmediata”, aclaró el dibujante, respecto del nacimiento de la niña que figura entre las diez personas argentinas más famosas del siglo XX.

Respecto del final de la publicación, que pasara también por las páginas de El Mundo y Siete Días, dijo que puso fin a la serie porque “estaba cansado de hacer siempre lo mismo”. “La decisión pasó hasta por zonas conyugales, porque mi mujer estaba podrida de no saber si podíamos ir al cine, invitar gente a cenar, porque yo estaba hasta las 10 de la noche con las tiras”, recuerda.

Entre otros reconocimientos, Quino ya recibió la medalla de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 2012, y fue nombrado Caballero de la Orden Isabel la Católica en 2005.

Los países donde Mafalda es más famosa, fuera de la Argentina, son México, España e Italia. ¿El secreto del éxito? “Creo que la temática es común a todos los grupos familiares humanos, estén en China, en Finlandia o en América Latina”, aseguró Quino.
http://revistavivelatinoamerica.com/2014/05/21/quino-creador-de-mafalda-gana-el-premio-principe-de-asturias/